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Documento 276
Hágase el silencio
Alejandro Arozamena

Hágase la “Paz Social”. Hágase el “Orden”. Hágase la “Ley”. Hágase el
 silencio. Hágase todo ello para defender “la arquitectura institucional sobre la
 que se sustenta nuestra civilización democrática”. Hágase, pues, la voluntad de
 la Autoridad. Así en la tierra como en el cielo.

 ¿Quién habla para callar a todas las demás bocas? “Nuestro” secretario
 de Estado de Cultura. El Gran Hombre que escribe aliteraciones rubendarianas
 en alejandrinos juanrramonianos sin “h” (“masas alagadas [sic] por demagogos
 mediáticos”). ¡Todo por la (H)armonía! ¿Y a quién? Precisamente a nosotros,
 en plural mayestático, las “multitudes”, no toninegristas sino nada menos que
 ¡schmittianas! “Multitud de la antipolítica” cuyo malestar en la cultura “cuestiona
 abiertamente la legitimidad de nuestras instituciones y la fuerza de nuestra
 legalidad democrática”. Esto lo dice el Hombre Providencial, sorprendido de
 “que no sean muchos los que denuncian esta estrategia de convertir la calle en
 una asamblea”, en fin todo un virtuoso del liberalismo puesto “que ante la
 mayor crisis de las últimas décadas urge recuperar la virtud y los valores, una
 tarea para la que los liberales están mejor capacitados que nadie”. No como la
 chusma y la salvajería constituyente que “haciendo realidad la tesis de Jürgen
 Habermas de que buena parte de la izquierda post-frankfurtiana, así como del
 comunitarismo que alienta muchas derivas nacionalistas dentro y fuera de
 nuestras fronteras, viven atrapadas por el bucle conceptual que urdió el autor
 de La dictadura cuando disparó sin remilgos contra el diseño corrompido de la
 democracia liberal”.

 Así pues, nos las vemos con toda una autoridad en sus cuatro figuras,
 como quería Kojeve: un Amo (y Maestro), un Jefe, un Juez y un Padre. Al
 mismo tiempo y encarnadas en un solo nombre. Aunque, “por lo demás, aún
 prescindiendo de la canonización de los artículos de fe de Lassalle, el
 programa no vale nada” (Marx dixit). Porque, y esto hay que decirlo, Lassalles
 ha habido en todas las épocas y en todos los sitios.
 
En una carta a Kautsky, fechada en Londres el 26 de febrero de 1891,
 escribía Engels: “Yo no tengo la culpa de que esa gente ignorase que Lassalle
 debía toda su personalidad al hecho de que Marx le permitió, durante muchos
 años, adornarse con los frutos de sus investigaciones como si fuesen de él,
 dejándole además que las tergiversase por falta de preparación en materia de
 Economía. Pero yo soy el albacea literario de Marx, y esto me impone mis
 deberes. Lassalle ha pasado a la historia desde hace 26 años. Y si, mientras
 estuvo vigente la ley de excepción, la crítica histórica le dejó tanquilo, ya va
 siendo, por fin, hora de que vuelva por sus fueros y se ponga en claro la
 posición de Lassalle respecto a Marx. La leyenda que envuelve y glorifica la
 verdadera figura de Lassalle no puede convertirse en artículo de fe para el
 partido. Por mucho que se quieran destacar los méritos de Lassalle en el
 movimiento, su papel histórico dentro de él sigue siendo un papel doble”. Pero
 “nosotros” no vamos a esperar 26 años para tener la oportunidad de decir que
 “nuestro” Lassalle pasó a la historia por tergiversar y apropiarse del nombre de
 Bataille, por ejemplo, en defensa de algunas de “nuestras” vacas más
 sagradas: Dios y el Estado, Dios y la Nación, y, por supuesto, la Ley (pero no la
 Torá, el Nomos o la Shariah, no: la Constitución).
 
Poco importan aquellos cuya única profesión, actualmente, es la de
 proletario, es decir: morirse de hambre. “Je suis accusé d'avoir dit à trente
 millions de Français, prolétaires comme moi, qu'ils avaient le droit de vivre. Si
 cela est un crime, il me semble du moins que je ne devrais en répondre qu'à
 des hommes qui ne fussent point juges et parties dans la question”, etc.
 (Blanqui). Lo único que importa es defender la archipolítica de la policía, a
 saber: la única y verdadera antipolítica. Lo que nuestro artículista de fe llama la
 “equidad”, o sea, en última instancia la equivalencia de mercancías.
 La única diferencia entre la democracia del esclavismo ateniense y la
 nuestra es que allí había una parte de la sociedad que no formaba parte de la
 humanidad pero sí de la vida y, aquí, hay una parte de la sociedad que sí forma
 parte de la humanidad pero no de la vida.
 
Y, en efecto “de este modo, se desgarran las costuras de nuestra
 democracia invocando la promesa de una pesadilla venidera que tiene sus
 profetas y que levanta banderas de redención colectiva que pretenden, por la
 vía de los hechos, subvertir el marco constitucional a través del desarrollo de
 un relato mesiánico que erige a la multitud, la que sea, en protagonista de un
 nuevo escenario constituyente o titular de un inexistente derecho de
 autodeterminación”, escribe nuestro Secretario modernista.
 
Pues bien, ¡sí! ¿Para qué perder más tiempo con semejante libelo? He
 ahí la esencia de la verdadera política: la parte de los sin parte, los mudos del
 mutismo civil. Aquellos que tienen que permanecer callados y en orden, que no
 tienen ningún nombre ni ninguna inscripción simbólica, que ya no tienen
 ninguna Institución (ni siquiera imaginaria) a la que agarrarse y que, dado el
 hecho muy real de que para el estado actual de cosas, para el mejor de los
 mundos posibles ya es como si estuvieran muertos (de una muerte simbólica,
 al menos), no pueden morir dos veces.
 
En fin, ¡no nos callarán! ¡Servidumbre Voluntaria o Autoemancipación!
 ¡Abajo los Parlamentos! ¡Jamais nous ne travaillerons, ô flots de feux!
 (Rimbaud)

Arozamena
 En Brumaria, 2 de octubre de 2012

 

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