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Iniciamos con este texto una serie de contribuciones de nuestras aliadas de las periferias del pensamiento actual. En este caso contamos con Alejandro Arozamena, perteneciente al colectivo-editorial Brumaria. Es traductor, filósofo y ferrocarrilero.
En la entrada “Vida” de la Encyclopædia Universalis el avisado lector, tal vez, pudiera no darse de bruces con un largo y hermosísimo artículo de George Canguilhem que, a todos los efectos, nos valdría muy bien para singlar nuestras desnudas peripecias vitales. En él, después de un incipiente epígrafe de Valéry (« Quién sabe si la primera noción que pudo formarse el hombre sobre la biología no fue esta : es posible dar la muerte »),  Canguilhem se pregunta cómo es que lo vivo ha podido llegar a convertirse, sin laguna o redundancia alguna, en objeto del conocimiento científico. A  ello le sigue un amplio repaso histórico que va desde la noción aristotélica de vida hasta la poderosa mediocridad plástica que impera sobre ese producto observable, manejable, incluso legible y transferible de nuestros días, pasando por los naturalistas de la época clásica como Linné o Buffon,  los filósofos Descartes, Locke, Kant, los pre-biólogos Bichat, Stahl, el positivista Comte y un largo etcétera que incluye, cómo no, a Lamarck, Cuvier,  Müller, Bernard, pero también a Schrödinger, Kahane, Rank, Bergson, Freud, Bachelard o Foucault. Acaba, tal y como empezó, con una pregunta última y una cita inaplazable. La pregunta final que se formula, y nos formula el bueno de Canguilhem no es otra que la siguiente : ¿no se enraíza el valor de la vida, y la vida como valor, en el conocimiento de su esencial precariedad ? La cita inaplazabe con la que se despide es de Borges, en El Aleph :

“La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede  ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de  lo azaroso”.

Es decir, precisamente, ¿no es su desnudez misma lo que vuelve tan preciosa a la vida? En realidad, no. Es, más bien, la vida lo que vuelve preciosa a la desnudez. « No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario »,  continuaba la frase, cortada de cuajo por Canguilhem, de Borges. De ahí, asimismo, que no haya rostro que se dibuje como el rostro de un sueño.

Ocurre que, por un lado no hay, nunca hubo, tal excepción de la animalidad humana ; y, por otro, que sencillamente no queda ya nada biológico en el hombre, ni siquiera el hecho de ser un animal como todos los otros pero que habla… y se suicida, a lo que parece.

Nuestra única posibilidad estriba en atravesar el fantasma de la plusvalía hacia el síntoma de la verdadera vida ausente.

En el desierto del pensamiento no existe la reconquista.

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